Ruta de 9 días en coche por el Valle del Loira

Ruta de 9 días en coche por el Valle del Loira

Si estás pensando en viajar a la zona del Valle del Loira y recorrer sus castillos más famosos, sus ciudades emblemáticas y algunos de los pueblos más bonitos de Francia, este post es para ti. ¿Qué vas a encontrar en él? Os explicaré con detalle la ruta de 9 días que hicimos nosotras en agosto de 2022, nuestras paradas, alojamientos, kilometraje… y por supuesto, los castillos que visitamos.

Este viaje era uno de nuestros destinos pendientes desde hacía años, y teníamos claro que tarde o temprano íbamos a ir, aunque en realidad empezamos a planificarlo unos meses antes. Como ya expliqué en Preparativos para viajar al Valle del Loira, hay unos 80 castillos que pueden visitarse, y seleccionar cuáles visitar y cuáles no o es tarea fácil. Además, no queríamos empacharnos de castillos y también nos apetecía dedicar tiempo a conocer las ciudades y los pueblos con más encanto del valle.

Sabíamos que el coche es la mejor forma de moverse por esta zona, ya que permite una libertad de movimientos y horarios que es muy difícil conseguir de otra manera. Además somos amantes de los roadtrips, no nos da ninguna pereza conducir; nos gusta preparar la ruta, elegir los mejores lugares para dormir… ¡incluso preparar la música para el coche! ¿Nos acompañas?

Día 1. La Almunia-Burdeos

Distancia: 494 km (5’10 horas). 

En el primer día de ruta la kilometrada es inevitable. La buena noticia es que todo el camino puede hacerse por autopista, lo que facilita la conducción. La mala, que las autopistas son aburridas y además se pagan, y no son precisamente baratas. Es un gasto que hay que tener en cuenta en el presupuesto del viaje. 

Planificamos el viaje con dos paradas para partir así las horas de coche. La primera fue una parada técnica para tomar un café, unos 50 kilómetros antes de cruzar la frontera. Como todo el recorrido es por autopista, en estas paradas lo más sencillo es elegir una de las áreas que no te obligan a salir de la misma, para no perder más tiempo del necesario. La segunda fue la parada para comer. Una de las mejores cosas de llevar tu propio coche es que puedes cargar el maletero con víveres de todo tipo, y así aprovechar para comer de picnic siempre que se pueda. Se ahorra un dinero y además permite disfrutar de la naturaleza y el buen tiempo. Nosotras llevábamos la típica nevera de camping que se enchufa al mechero del coche, y así además podíamos conservar los alimentos (y bebidas) frescos más tiempo.

Francia es un país muy preparado para hacer picnic, y en todas las ciudades y pueblos hay un montón de opciones para ello. Incluso en las autopistas hay numerosas áreas (aires) que cuentan con sombra, baños y mesas para poder comer y descansar un poco. Paramos en un área de descanso a una media hora de Burdeos, para que no nos quedasen muchos kilómetros con el estómago lleno.

Llegamos a Burdeos sobre las 17.00. Lo primero que hicimos fue ir al hotel a dejar las cosas y refrescarnos un poco. Nos alojamos en el Study Hôtel (habitación doble: 45€). El hotel está en las afueras, pero tenía la parada de tranvía en la puerta, lo cual es muy práctico. Además, las habitaciones tenían un pequeño office con cafetera, neverita, placa eléctrica y microondas. Ideal para hacer una parada de una noche y usar el tranvía para explorar la ciudad. En la parte de atrás hay aparcamientos gratuitos en la calle.

Una vez repuestas las fuerzas nos dirigimos al centro de Burdeos (unos 30 minutos en tranvía). Bajamos en la parada de la Rue Sainte Catherine, y desde allí paseamos por todo el centro histórico de la ciudad. En cuanto bajamos del tranvía nos enamoramos de Burdeos. Es una ciudad cuya arquitectura recuerda mucho a la de París (aunque en Burdeos siempre dirán que fueron los parisinos los que copiaron su estilo urbano para la renovar la ciudad tras las revoluciones, en el siglo XIX).

Nuestro paseo nos llevó a la plaza Pey Berland, donde visitamos la catedral de San Andrés. La entrada a la catedral es gratuita, y merece mucho la pena. Es un edificio gótico precioso. En el exterior se encuentra la torre de Pey-Berland, una torre que desde el siglo XV cumple la función de campanario, aunque curiosamente está separada de la propia catedral. Se puede subir y disfrutar de unas vistas privilegiadas de la ciudad.

Después fuimos caminando hasta la puerta más antigua de la ciudad, conocida como Grosse Cloche, por tratarse de una torre campanario. Además de la gran campana, que pesa casi 8 toneladas, la puerta está decorada con un bonito reloj. Hoy en día está abierta y se puede pasar por debajo. También puede visitarse por dentro, ya que durante mucho tiempo funcionó como cárcel.

Nuestros pasos nos llevaron de nuevo hasta la Rue Sainte Catherine, una de las calles más famosas de Burdeos y una de las calles comerciales peatonales más largas de Europa. Recorrerla de principio a fin es una de las atracciones de la ciudad. Pese a la función comercial de la calle, nuestra intención no era la de comprar, pero sí que nos detuvimos en una pequeña plaza para tomar una cerveza fresca (estábamos a 37º).

Tras el descanso, llegamos hasta el final de la calle donde se encuentra la Plaza de la Comedia, presidida por el imponente edificio de la Ópera de Burdeos. Dimos un paseo por el parque adyacente, donde se encuentra el monumento a los girondinos y una noria con vistas del río y la ciudad.

Para cenar nos quedamos en las calles de alrededor de la calle Sainte Catherine, ya que al atardecer se fueron llenando de gente y se creó muy buen ambiente. Elegimos la terracita de un bar llamado BIG Bistrot Girondin, y cenamos a base de raciones y vino blanco de Burdeos. No nos resultó caro, pero hay que reconocer que las raciones, aunque deliciosas, eran bastante escasas.

Antes de irnos a dormir dimos un paseo por la orilla del río Garona. Fuimos hasta la Place de la Bourse, donde se encuentra el famoso estanque de agua que hoy por hoy se ha convertido en uno de los símbolos de la ciudad, pero estaba vacío. Vacío de agua, de gente estaba a tope… Así que con la imagen del río y sus puentes iluminados cogimos el tranvía de vuelta al hotel y nos fuimos a dormir, ya que el día siguiente iba a ser intenso.

Día 2. Chinon-Chateau d’Ussé-Azay le Rideau

Distancia: 394 km (4’15 horas).

Era el segundo día del viaje, y por fin íbamos a adentrarnos en la zona del Loira propiamente dicha. Todavía nos quedaban bastantes kilómetros, pero empezaríamos a ver castillos y llegaríamos a la que sería nuestra casa durante las 3 próximas noches.

Tras un rápido desayuno en el hotel, salimos de Burdeos en dirección a Chinon, una de las ciudades más bellas de Francia. El trayecto era de tres horas y media.  La mayor parte del recorrido es por la autopista que une Burdeos con Tours, pero el último tramo es de carretera. Desde que nos desviamos, el paisaje se fue haciendo más y más bonito hasta que llegamos a Chinon.

Aunque es una ciudad pequeña (unos 8.000 habitantes), conviene dedicarle unas horas para pasear y disfrutarla. La parte más atractiva es su casco antiguo, que tiene un aire absolutamente medieval, con calles estrechas, fortaleza en lo alto y casas con entramados de madera. En la parte más alta está la fortaleza y el castillo, el más antiguo del valle del Loira, y que fue testigo nada más y nada menos que de la Guerra de los 100 años entre Francia e Inglaterra, y del histórico encuentro entre Juana de Arco y Carlos VII. Es el único castillo medieval del valle del Loira.

Aunque no tengas previsto visitar el castillo, es recomendable subir a la parte alta para contemplar la ciudad desde allí. Y para disfrutar de la mejor panorámica de la ciudad con la fortaleza en lo alto, debes cruzar al otro lado del río por uno de sus puentes. Merece la pena.

Como llegaba el mediodía, decidimos comer en Chinon. Hay que tener en cuenta que en Francia, para poder comer en un restaurante hay que estar muy al tanto de las horas. En cuanto pasa de las 13.30 la cosa se complica, incluso en sitios tan turísticos como este (siempre es más fácil en las ciudades). Después de preguntar en varios restaurantes que ya tenían la cocina cerrada, pudimos comer en la Plaza Charles de Gaulle, una placita llena de terrazas. Optamos por un menú del día (Plat du jour) por 18,90€.

Después de comer nos dirigimos hasta el cercano pueblo (12 kilómetros) de Rigny-Ussé. Allí visitamos, aunque sólo por fuera, el Château d’Ussé. La parada merece la pena, porque es uno de los castillos que pueden contemplarse desde fuera, sin pagar entrada, y porque las vistas son espectaculares. Se aparca el coche gratuitamente justo en el exterior y se puede dar un paseo por el camino. Además, al principio del parking hay un pequeño bar en el que también venden bocatas y crêpes. Si cruzas el pequeño puente sobre el río Indre, obtendrás una vista preciosa de la fachada. Dicen que en este castillo se quedó a dormir Charles Perrault, y que fue en él en el que se inspiró al escribir La Bella Durmiente.

Para finalizar este día continuamos hasta el castillo de Azay-le-Rideau, uno de los castillos más impresionantes de Valle del Loira. Tiene la peculiaridad de que está situado en una pequeña isla sobre el río Indre, y es increíble contemplar el propio castillo con su reflejo en el agua. A diferencia del de Ussé, este castillo no puede verse ni siquiera por fuera si no se paga la entrada, ya que está dentro de un recinto cerrado. El precio de la entrada es de 11’5€, a los que tendrás que sumar el parking (4€). Se puede reservar la entrada con antelación para evitar colas, aunque cuando llegamos estaba bastante tranquilo. En agosto abre hasta las 19.00.

Dentro del recinto hay una cafetería, en la que paramos a tomar algo por el puro placer de sentarnos en su terraza contemplando la fachada del castillo. Después hicimos la visita del interior y por último dimos la vuelta por fuera al castillo, disfrutando de las vistas desde todas las perspectivas. Tuvimos suerte, ya que empezaba a atardecer y la luz estaba espectacular.

No sé si fue por ser el primer castillo que visitábamos por dentro, por su pequeño tamaño, por la tranquilidad que allí se respiraba, por el ambiente del atardecer… pero Azay-le-Rideau se convirtió desde el primer momento en mi castillo favorito del Loira. Recomiendo 100% la visita.

Si lo visitas y vas bien de tiempo, también puedes dar un paseo por el pueblo, es pequeño y muy bonito, atravesado por el río. Nosotras no nos entretuvimos mucho ya que aún teníamos que ir hasta Tours (25 minutos). Lo que sí que hicimos antes de irnos fue entrar a comprar cena y desayuno en un supermercado, ya que íbamos a alojarnos en un apartamento.  

Nos alojamos en este apartamento en las afueras de Tours. Además de que se podía aparcar gratuitamente en la calle, elegimos la ubicación porque era muy práctica para salir de Tours a hacer excursiones, que era básicamente lo que íbamos a hacer los próximos días. Además, estaba muy cerca del tranvía para poder ir al centro en transporte público y no tener que preocuparse del coche. Nos costó 313€ para las 3 noches.

Este día cenamos en el apartamento y después disfrutamos un rato de la terraza al aire libre.

Día 3. Loches-Montrésor-Tours

Distancia (circular): 128 km (2 horas). 

En este tercer día disfrutamos del desayuno en la terraza del apartamento. Después cogimos el coche y salimos de Tours en dirección a la Ciudadela Real de Loches, a 42 kilómetros.

Loches es una pequeña ciudad medieval de poco más de seis mil habitantes. Cuando llegamos no nos costó aparcar, ya que la parte antigua está rodeada de parkings gratuitos. La ciudad es pequeñita y puede recorrerse perfectamente andando. De hecho, es lo más recomendable.

El casco histórico es encantador, todo lleno de tiendecitas, bares y restaurantes. Hay un montón de indicaciones para encontrar los lugares de interés turístico. Lo primero que hicimos fue tomar café en una terraza, y después subimos hasta la parte más antigua, en la que está el donjon (torre fortificada), uno de los mejor conservados de todo el románico francés. Fue aquí donde Juana de Arco convenció a Carlos VII para que se coronase rey.

A poca distancia se encuentra la colegiata de Saint-Ours, un edificio que llama la atención por su antigüedad y su tamaño. En ella está enterrada Agnès Sorel, la que fue la amante “oficial” de Carlos VII.

Nos encantó pasear por las calles de Loches, llenas de encanto y de historia. Aunque es una ciudad turística, disfrutamos de una tranquilidad total que todavía hizo que nos gustase más.

Antes de irnos, aprovechamos para asaltar un supermercado y comprar comida, ya que ese día pensábamos comer de camino a nuestro siguiente destino. Comprar comida en los supermercados es bastante económico, y además permite encontrar parajes muy chulos donde comer y descansar. Esta vez paramos a comer a las orillas de un lago, en un lugar súper preparado en el que bien podríamos haber pasado toda la tarde, incluso bañarnos.

Después de comer continuamos hasta un pueblecito que forma parte de la lista de Los pueblos más bellos de Francia, Montrésor. Aunque es muy pequeño, la visita es un imprescindible. El conjunto está presidido por un castillo en lo alto, y formado por varias calles que descienden desde este hasta la carretera; un poco más abajo, el río.

Mi recomendación es subir en primer lugar a ver el castillo, recorriendo las callejuelas, para después buscar el recorrido señalizado que recorre la ribera del río, y que se denomina Les Balcons de L’Indrois. Es un paseo de cuento, en el que disfrutarás del paisaje y de las vistas del castillo y su reflejo en el agua.

Montrésor se ha ganado su puesto en mi lista de los lugares más bonitos que he visitado en Francia.

Regresamos a Tours a media tarde, y después de darnos una ducha cogimos el tranvía y fuimos a visitar el centro de la ciudad. La calle por la que circula el tranvía es una larguísima avenida, de origen romano, que pertenece a la parte más moderna del casco histórico. Pero cuando te alejas un poco de esta gran arteria, es cuando se encuentran los rincones más bonitos de una ciudad que nos conquistó, y que se convirtió en nuestra favorita de toda la ruta. Fue una auténtica delicia pasear por sus calles medievales.

Tours está calificada como Villa de Arte e Historia, y también es Patrimonio de la Humanidad, y no es de extrañar. Fue capital de Francia durante los siglos XV y XVI. Tiene más de 150 monumentos protegidos, entre los que destacan la catedral de Saint-Gatien y la basílica de San Martín. Pero el lugar más emblemático de su casco histórico es la Plaza Plumereau, con sus famosas fachadas de entramados de madera y el gran ambiente de las terrazas de sus bares y restaurantes.

Cenamos en un restaurante muy cerca de la plaza, Le marché gourmand. Fue una recomendación de nuestra anfitriona, y la verdad es que cenamos muy bien. Al ser agosto y ser una ciudad con bastante ambiente nocturno, conviene reservar el restaurante con antelación para asegurarse la cena.

Después de cenar, no podíamos irnos a casa sin tomarnos algo en la plaza Plumereau. Siempre recordaré esta plaza (esta ciudad, en realidad) como el lugar que me enseñó que los franceses también tienen vida nocturna. No nos quedaba otra opción que dejarnos llevar por el ambiente… Sólo os diré que perdimos el tranvía de vuelta y tuvimos que volver a casa andando.

Día 4. Chenonceau-Clos Lucé-Amboise

Distancia total (circular): 72’5 km (1’27 horas). 

Nuestro cuarto día de ruta fue sin duda uno de los platos fuertes del viaje. Nos levantamos en Tours y, tras desayunar en nuestra terracita, pusimos rumbo al Château de Chenonceau (a 34 kilómetros).

La estampa de este castillo-puente con sus arcos reflejados sobre el río Cher es una de las más famosas de todo el valle del Loira, y no es para menos. Es un castillo del siglo XVI que recibe el sobrenombre de castillo de las damas, ya que a lo largo de su historia fue administrado y protegido casi siempre por mujeres tan importantes como Diana de Poitiers o Catalina de Médicis. Quizá por esta peculiar característica, el castillo se libró de enfrentamientos armados y fue un lugar de paz. Su conservación es muy buena, tanto por dentro como por fuera.

La entrada cuesta 15€, y el parking es gratuito. En este caso sí que recomiendo reservar la entrada con antelación, ya que es el segundo castillo más visitado de Francia, después de Versalles. Cuando lo visitamos nosotras había muchísima gente, por lo que también recomiendo madrugar y visitar el interior a primera hora de la mañana, antes de que lleguen las excursiones. En el exterior el espacio es muy grande y no se producen aglomeraciones, pero la visita del interior sí que puede llegar a ser un poco agobiante.

Una vez atravesada la entrada se accede a los jardines, cuya visita también merece la pena. Dimos un pequeño paseo por ellos, pero no nos entretuvimos demasiado ya que el día era tan cálido que era prácticamente imposible pasear al sol. Cuando llegamos a la fila de acceso al interior, nos sorprendió que incluso habían colocado una especie de duchas para “refrescar” a la gente y evitar lipotimias. Nos reímos mucho, sí, pero corriendo fuimos a vaporizarnos.

Si el exterior es espectacular, el interior tampoco defrauda, con un estado de conservación brillante, no sólo de la estructura sino también de buena parte del mobiliario y la decoración. Estoy segura de que si lo hubiéramos visitado con menos gente sería este nuestro castillo favorito…

El Chateâu de Chenonceau no sólo parece un puente, sino que lo es. Una galería interior, de 60 metros de largo, permite realizar el cruce del río, además de ser un lugar con mucha historia. Durante la Primera Guerra Mundial fue usada como hospital militar (al igual que otras salas del castillo). Durante la Segunda, el río Cher sirvió como frontera entre la zona ocupada por los nazis y la zona libre, y por este corredor se ayudó a escapar a muchas personas perseguidas hacia la libertad. Una exposición recuerda estos momentos de la historia del castillo.

Hoy en día, cruzar la galería da acceso al otro lado del río. Cuando sales por la puerta un señor te pone un sello en la mano, como en una discoteca, para poder volver a entrar después. Al otro lado está la ribera del río, donde se puede dar un paseo y obtener las que, en mi opinión, son las vistas más bonitas del castillo. Si no quieres pagar la entrada, se puede llegar hasta esta orilla del río gratis y disfrutar de las vistas a la sombra de los árboles. Desde el otro lado es imposible ver el castillo ni siquiera por fuera sin pagar la entrada que da acceso al recinto.

En las orillas hay varios puestos de alquiler de kayaks. También en la zona de los jardines alquilan barcas de remos, y algo más lejos barquitos turísticos compartidos.

La visita del castillo y los alrededores nos llevó toda la mañana, y para no perder tiempo decidimos comer en el propio recinto, en un restaurante buffet en el que también había hamburguesas. Aun siendo un sitio muy turístico, estaba bien organizado y no tuvimos que esperar demasiado tiempo.

Después de comer fuimos hasta la ciudad de Amboise (a 15km), para visitar la mansión renacentista de Clos Lucé, donde Leonardo Da Vinci pasó los últimos años de su vida, entre 1516 y 1519. El precio del castillo es de 18€ y el parking es de pago (1’80€).

No todo el mundo sabe que el rey Francisco I de Francia, gran admirador de Leonardo, lo llamó a su corte y ambos establecieron una relación casi como padre e hijo.

En un viaje como este hay que tomar decisiones difíciles: ¿Château d’Amboise o Le Clos Lucé? El primero es un castillo imponente, que fue residencia del rey Francisco I de Francia; la segunda es la mansión que el rey le prestó a Leonardo para que pudiera trabajar y dar rienda suelta a su creatividad como inventor. En la casa se visitan la habitación del pintor, su estudio y prototipos de muchos de sus ingenios. Además, por los jardines hay recreaciones de sus inventos. Para mí la decisión estaba clara.

Es un lugar que a mí personalmente me encantó. No es un castillo propiamente dicho, y no está incluido en muchas rutas del valle del Loira, pero creo que es imprescindible. Poder pasear por las estancias en las que el genio del Renacimiento trabajó, pintó, escribió… contemplar sus libros y sus utensilios, acceder a su dormitorio, en el cual falleció en brazos del propio rey… es una experiencia que merece mucho la pena.

Si la mansión no defrauda, tampoco lo hacen sus jardines. Es bastante curioso porque en ellos se exponen las recreaciones de algunos de los inventos de Leonardo, y se pueden tocar y manipular para ver su funcionamiento. Hay todo un recorrido señalado para no perderse ninguno.

No podíamos marcharnos de Amboise sin acercarnos a pasear por su casco histórico, uno de los más bellos del Valle del Loira, y ver (aunque sólo por fuera) su famoso castillo.

Tiene que ser espectacular, pero lo dejamos en “tareas pendientes” para nuestro próximo viaje. Ya se sabe que no se puede ver todo la primera vez que se visita un sitio, o no quedarán excusas para poder repetir. La parte antigua de Amboise está amurallada e invita a pasear por sus callecillas llenas de comercios y restaurantes. Después de dar una vuelta pequeña sucumbimos al placer de sentarnos en una terraza con vistas al castillo y tomarnos una más que merecida cerveza.

A última hora de la tarde volvimos a Tours (25km). Ese día cenamos en casa, ya que además tocaba hacer las maletas porque al día siguiente cambiaríamos de alojamiento.

Día 5. Giverny-Blois

Distancia total: 100 km (1’30 horas). 

Comenzamos el día empaquetando el coche con todas nuestras cosas, y diciendo adiós a nuestro pisito de Tours. Un nuevo alojamiento nos esperaba. Como no podíamos entrar hasta las 16.00, decidimos invertir la mañana en uno de los castillos importantes del viaje, que se encontraba a sólo unos kilómetros de nuestra nueva casa.

El Château de Cheverny se encuentra en la localidad del mismo nombre, aproximadamente a una hora de Tours. Se aparca gratuitamente en la calle, y se adquiere la entrada en una taquilla-tienda de regalos que da acceso al recinto. No puede verse desde el exterior si no se paga la entrada, que cuesta 13’5€.

Este castillo es popular por muchas cosas, pero principalmente porque el dibujante Hergé se basó en él para idear el castillo de Moulinsart, la residencia del capitán Haddock en los cómics de Tintin.

Más que un castillo, yo lo definiría como una mansión enorme (bromeamos bastante con su parecido con la de la serie Downton Abbey). Curiosamente, desde el siglo XVII es propiedad de una familia que todavía vive allí, en la parte que no se enseña al público, y que gestiona la propiedad. Puede que ese sea el motivo por el que su interior es uno de los mejor conservados y amueblados de todo el valle del Loira. La mesa del comedor está puesta como si esa misma noche hubiera una cena. Y así toda la casa. Creo que es lo más cerca que he estado del modo de vida de la aristocracia francesa.

Un dato curioso es que fue en esta mansión donde se “escondió” la Giocconda durante la Segunda Guerra Mundial, abandonando el Museo del Louvre, para no caer en manos de los nazis. Una réplica del cuadro hecha con piezas recuerda este episodio.

Después de recorrer el interior, visitamos también los jardines. Nos llamó la atención que había algunos elementos decorativos bastante curiosos, como regalos o tazas gigantes, al más puro estilo Alicia en el País de las Maravillas. Son una especie de exposiciones temporales que organizan los propietarios de la casa.

Por lo demás, los jardines son un espacio perfectamente cuidado, simétrico, con laberintos… tiene incluso una cafetería y un lago con cisnes… También hay un museo dedicado a Tintín, aunque nosotras no entramos. Mención aparte merecen las perreras, donde se cuidan con mimo las decenas de perros de caza de la familia. Si se planifica, se puede hacer coincidir la visita al castillo con la hora de dar de comer a los perros, que debe de ser bastante espectacular.

Este día comimos en el propio pueblo de Cheverny, en la terraza de un restaurante justo al lado del castillo. Elegimos un Plat du jour por 18€ y probamos el confit de pato, que estaba delicioso.

Después de comer fuimos a la que sería nuestra casita los próximos días. Pagamos 308€ para las 3 noches. Era un pequeño chalet en el pueblecito de Montlivault, a sólo 6 km kilómetros de Chambord y a 12 de Blois. Habíamos pensado alojarnos en Blois, pero esta casa nos encantó y su ubicación nos venía ideal para hacer las excursiones. Además, así teníamos una casa con espacio exterior para hacer barbacoa y cenar fuera. Nos recibieron los dueños, una pareja encantadora y súper amable.

Después de instalarnos y de una ducha refrescante, partimos hacia Blois para pasar allí la tarde y conocer la ciudad. Es una ciudad pequeñita (no llega a 50.000 habitantes), pero con mucho encanto. Surcada por el mismo Loira, la parte antigua de la ciudad contiene varias joyas arquitectónicas, incluyendo la catedral y por supuesto el Castillo de Blois, uno de los más populares del valle.

Aunque nosotras no entramos, ya que se puede ver por fuera, es una de las joyas del viaje, ya que está formado por cuatro castillos de distintas épocas y distintos estilos arquitectónicos. Además, es uno de los castillos con más historia, ya que fue residencia de 7 reyes y 10 reinas de Francia.

El trazado de las calles del centro nos traslada a la Edad Media, con calles curvadas y casas con entramados de madera. La catedral se encuentra en lo más alto y el acceso es gratuito.

Antes de irnos de la ciudad asaltamos una tienda de comestibles, donde compramos provisiones muy francesas para cenar en nuestra nueva casita. Las cenas a base de foie-grass, fromage et vin estaban empezando a convertirse en una tradición.

Día 6. Orléans

Recorrido: 114 kilómetros (ida y vuelta)

El sexto día del viaje lo dedicamos a visitar la ciudad de Orléans (a 55 minutos de casa). El clima dio un giro radical y la ciudad nos recibió fría y lluviosa.

Aparcamos por el centro en una zona gratuita, y visitamos la Oficina de Turismo, ubicada en la Place du Martroi. Después tomamos un café en la misma plaza, para entrar en calor. Parecía que hubiéramos cambiado de estación.

La historia de Orléans está inevitablemente ligada a la de su guerrera más famosa, Juana de Arco, la doncella de Orléans. Y es que aunque la joven no era de aquí, durante la Guerra de los Cien Años fue ella la que lideró las tropas francesas contra los invasores ingleses, consiguiendo así levantar el sitio de la ciudad y cambiar el rumbo de la guerra. Desde entonces, la ciudad le rinde homenaje, estando su nombre presente en calles, plazas, estatuas, vidrieras… etc.

Aunque es una ciudad grande, el centro histórico puede recorrerse a pie sin problema. Como no podía ser de otra manera, comenzamos nuestro tour visitando la Casa de Juana de Arco. Es la casa medieval reconstruida en la que la doncella vivió durante el tiempo que estuvo en Orléans, en el siglo XV.

Nuestro paseo por el centro nos llevó a la Rue Jeanne d’Arc (cómo no), una calle larga que termina en la propia catedral, ofreciendo una preciosa perspectiva del edificio gótico junto a los tranvías, mezcla perfecta de lo histórico y la modernidad. Nos encantó.

La Cathédral Sainte-Croix es enorme, y recuerda un poco a la de Nôtre-Dame. El acceso es gratuito y merece mucho la pena. Sus vidrieras cuentan la historia de Juana de Arco y su papel en la Guerra de los Cien Años, son como un libro de imágenes de cristal.

La parte medieval de la ciudad se sitúa entre la Rue Jeanne d’Arc y el propio río Loira, y es una zona súper agradable para pasear a pie, contemplar sus edificios o tomar algo en los numerosos bares y restaurantes.

Aprovechamos el paseo para buscar un sitio donde comer y elegimos un lugar especialista en galletes, un plato típico de Bretaña. muy parecido al crêpe. Comimos muy bien y muy económico, en un local con mucho encanto y abierto desde 1959.

Después de comer cogimos el coche y fuimos hasta la zona de Olivet. Queríamos dar un paseo por la ribera del Loiret, un pequeño afluente del Loira, donde hay una ruta de antiguos molinos de agua. Nos pareció un paseo encantador, ubicado en un paisaje espectacular y muy agradable para un paseo al atardecer. Nos encantó.

Por último, antes de volver a casa, fuimos a un gran supermercado para comprar la cena y el picnic del día siguiente.

Día 7. Chambord

Nuestro objetivo de hoy es nada más y nada menos que el Château de Chambord y su entorno. Queríamos disfrutar del slow travel en un lugar único, y por eso no planificamos ninguna actividad más.

Antes de nada, diré que Chambord, en mi opinión es el castillo más imprescindible del Valle del Loria. Debería estar incluido en cualquier ruta, la diseñes como la diseñes, pero nunca puedes volverte a casa sin visitarlo. Es el ejemplo absoluto de lo que significa el término “Castillos del Loira”. Es, además, el castillo más grande de todos, con 440 habitaciones, más de 300 chimeneas y rodeado de varias hectáreas de jardines y bosques a su alrededor.

Pese a todo lo dicho, Chambord no fue diseñado para ser la vivienda de nadie, sino una residencia temporal para vacaciones y periodos de caza. Fue construido durante el reinado de Francisco I, en estilo renacentista. Parece ser que el mismísimo Leonardo Da Vinci diseñó la doble escalera de caracol que articula su interior.

Sacamos la entrada con antelación (16€), ya que sospechábamos que habría mucha gente y tocaría hacer cola. Al llegar al parking ya nos dimos cuenta de que este castillo juega en otra liga, con varias áreas de parkings (de pago) y un buen trajín de coches y gente dirigiéndose hacia la entrada. Sin embargo, al tratarse de un espacio, tanto interior como exterior, tan inmenso, en ningún momento nos dio la sensación de agobio que habíamos vivido en castillos más pequeños.

El edificio es enorme. La perspectiva del castillo con los fosos que lo rodean es espectacular, incluso cuando tienes la mala pata de que te toque visitarlo en obras y lleno de andamios…

Había leído en bastantes lugares que la visita del interior no merece mucho la pena, pero no opino lo mismo. Si bien es cierto que no tiene la colección de estancias amuebladas que puedan tener otros castillos como Chenonceau, el interior es grandioso y tiene algunas estancias espectaculares, como la habitación del Rey Sol. Además, arquitectónicamente es una joya.

La visita se puede hacer por libre sin problema, ya que las rutas están indicadas en los folletos que te dan al entrar y en paneles a lo largo del recorrido. Otro punto más de visitar el interior es que se puede subir a los tejados y contemplar los jardines y alrededores desde allí. Dentro del recinto también existe una cafetería en la que nosotras hicimos una parada.

Al terminar la visita del exterior fuimos al parking y cogimos muestro picnic, que habíamos guardado en la nevera del coche. Buscamos una pradera, bajo la sombra de un árbol y con la panorámica del castillo al fondo y nos instalamos allí. No se me ocurre un restaurante con mejores vistas.

La tarde se nos estropeó un poco porque empezó a llover. Teníamos pensado recorrer los jardines e incluso alquilar un cochecito de golf o a pedales, pero el tiempo se estropeó muchísimo y finalmente decidimos irnos.

Así aprovechamos para ir a un supermercado y comprar las cosas que nos queríamos traer de vuelta a España. Ese día sería nuestra última cena en el valle del Loira y también decidimos darnos un último homenaje con las auténticas delicatessen francesas.

Día 8. Del Loira a la Bahía de Arcachon

Distancia: 475 km (5h, 40 minutos)

Con todo el dolor de nuestros corazones, tocaba decir adiós al valle del Loira en el que nos habíamos movido toda la semana y poner rumbo a casa. Como nos separaban 900 kilómetros, decidimos alargar un día más y hacer otra parada a la vuelta, muy cerquita de Burdeos, en el pueblo de Andernos-les-Bains.

Teníamos más de 5 horas de camino, así que recogimos la casa con tranquilidad y arrancamos el coche. El recorrido fue todo por autopista, por lo que resultó bastante aburrido. Paramos a comer en un área de descanso. Como todas, estupenda y limpia.

Habíamos reservado una cabaña para cuatro en el Cámping de Fontaine Vieille. Se encuentra en un lugar idílico, con acceso directo a la playa de la Bahía de Arcachon. Nuestra llegada, sin embargo, no fue del todo ideal, ya que tuvimos nuestros más y nuestros menos con la recepcionista, que nos exigía una fianza mayor que el precio que habíamos pagado por la cabaña. Después de regatear un rato, conseguimos rebajarla un poco. Un chico bastante seco y maleducado nos acompañó a la cabaña, que nos pareció bastante más pequeña de lo que esperábamos, y algo alejado de los baños. Pero bueno, una noche es una noche.

Lo peor de todo (y esto es únicamente culpa nuestra) es que pensábamos que el camping estaba mucho más cerca de la Dune du Pilat, donde queríamos ver el atardecer, y sin embargo estaba a 50 minutos. Así que cambiamos de planes (ya habíamos hecho bastantes kilómetros para un día, y mañana quedaban más), así que nos pusimos los bikinis y nos fuimos a la playa.

Estaba claro que no era nuestro día, y al llegar a la playa nos encontramos con marea baja, o lo que es lo mismo, el agua estaba más o menos a un kilómetro de la orilla, con un montón de barquitas posadas sobre la arena entre nosotras y el mar. No pudimos bañarnos, pero las vistas y el sitio merecían la pena, así que caminamos un rato por el paseo marítimo y contemplamos un atardecer espectacular.

Ya de vuelta, decidimos cenar en el bar del camping y nos encontamos con que esa noche tocaba fiesta de mejillones y karaoke, una mezcla que nos pareció extraña pero que estaba claro que a los campistas les enloquecía. A los mejillones ya no llegamos, pero nos reímos bastante viendo a los franceses darlo todo en la pista de canto. Fue un rato muy divertido.

Día 9. Vuelta a casa

Distancia: 495 kilómetros (5h y 15 minutos)

He incluido este día en la ruta porque existió, pero realmente fue un día de conducción, vuelta a casa y bajón general porque nuestra maravillosa ruta por el Valle del Loira había acabado.

Espero que os haya gustado y que os ayude a planificar si algún día os decidís a recorrer la que es una de las zonas turísticas más completas de toda Europa.

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